La enfermera ha ejercido en distintos ámbitos, incluyendo las unidades de resonancia magnética, salud mental y el servicio de sanidad exterior.
- La autora se ha estrenado recientemente como novelista con ‘No se aceptan manuscritos’, publicada por la Editorial Berenice
- Su primera novela, protagonizada por una enfermera, caricaturiza a personajes arrastrados por las pulsiones humanas universales
Javier Castán. CASTELLÓN
La enfermera Beatriz Schleich habla de su relación con la literatura como una persecución que se viene prolongando desde que se aficionó a la lectura gracias a su madre. Esta persecución parece haber llegado a feliz término con la reciente publicación de su primera novela No se aceptan manuscritos (Editorial Berenice, 2025). Un relato de ficción lleno de humor y salpicado de guiños a los clásicos y a la enfermería. La escritora y colegiada del Colegio Oficial de Enfermeros y Enfermeras de Castellón (COECS) desvela algunos detalles clave de su vida y de su doble vocación: las letras y los cuidados.
—¿Por qué se decantó por la enfermería? ¿En qué ámbitos ha ejercido la profesión?
—Terminé la carrera de Enfermería en 2023, mi experiencia es relativamente reciente. A pesar de ello, he ejercido en distintos ámbitos, incluyendo las unidades de resonancia magnética, salud mental y el servicio de sanidad exterior. Por otro lado, urgencias y prisiones, donde realicé las prácticas, me siguen llamando mucho la atención.
Si bien me parecen apasionantes la fisiología, la farmacología y la anatomía como ciencias, lo que me ha motivado siempre de la enfermería es tener las herramientas para sanar y aliviar el dolor. Ser la curandera, la chamana, la gurú de la tribu. Eso es lo que me maravillaba desde pequeña cuando acudía al centro de salud y lo que me hizo decantarme por la profesión mucho más tarde.
Me habría gustado iniciar mi carrera en enfermería antes, pero en su momento no pude acceder debido a la nota de corte. Me dediqué, finalmente, a las letras, una elección que también me atraía mucho y que me ha aportado una gran satisfacción personal. Debo decir que no tanto profesionalmente. Espero que esto cambie.
“Ser la curandera, la gurú de la tribu. Eso me maravillaba desde pequeña y es lo que me hizo decantarme por la profesión”
—¿Cómo ha sido su relación con la literatura a lo largo de su vida?
—Por suerte teníamos una biblioteca, no gigantesca, pero con bastantes libros en casa. Y la Biblioteca Pública de Rafalafena me quedaba cerca.
Las primeras lecturas serias que recuerdo fueron con mi madre. Le gustaba, entre otros, Bécquer y nos leía textos del autor a mis hermanas y a mí. Ahí tuve mi primera fase poeta —unos poemas flojeras, pero que mi madre guardaba con mucho cariño—. Aunque más que con las rimas, yo disfrutaba con las leyendas, porque eran mucho más frikis. El monte de las ánimas, —cuya protagonista se llamaba Beatriz, como yo—, una leyenda que bien podría haber dibujado Bernie Wrightson, uno de los mejores ilustradores del cómic Creepy.
Tanto en el colegio como en el instituto y la universidad, las clases de literatura eran de mis preferidas. Durante mi Erasmus en Graz (Austria), aproveché para asistir como oyente a clases de literatura española y alemana —aunque no formaban parte del programa de mis primeros estudios—. Cuando regresé a España, aunque ya trabajaba en una oficina, estudié Traducción e Interpretación y cursé un máster en comunicación y lingüística. Por otro lado, seguí asistiendo a clases de literatura francesa, alemana y española en Humanidades en la UJI. También me apuntaba a cursos de escritura y seminarios de literatura, cuando me era posible.
Mi relación con la literatura ha sido una persecución: he ido siempre detrás de ella y por fin parece que me ha aceptado en sus brazos. Espero que ya no me suelte.
—¿Qué le llevó a emprender su camino como escritora?
—Siempre he escrito para mi disfrute personal sobre mi propia realidad, pero hace una década decidí dar el salto a la ficción pura y dura. Comencé a escribir relatos de forma rigurosa, inventando historias sobre personajes ajenos a mí. Para saber si mis escritos le podrían interesar a alguien, comencé a mandarlos a concursos literarios.
El primer relato que presenté a un concurso fue al Premio Ana María Matute de Torremozas. Aunque la dotación económica es modesta, la editorial goza de prestigio. Se presentaron 125 relatos. Sólo seleccionaron a siete finalistas y ahí estaba yo. Y al día siguiente del fallo, mi nombre apareció en El Mundo, La Vanguardia y el ABC, entre otros periódicos. Esto me animó así que continué enviando relatos.
Tras quedar finalista en otros concursos —como en el Premio Gallud Jardiel y en la revista Culturamas— y ganar varios premios, aumentó mi confianza y continué escribiendo relatos, porque la novela me daba mucho respeto. Pero hace un año y medio, redacté un cuento que consideré debía ampliar. Y con naturalidad empezó a echar patas como un pulpo y no pude detenerlo. El pulpo acabó siendo la novela que he publicado con Berenice.
“Escribo de forma compulsiva, sobre todo el primer borrador, la corrección ya es otro tema bien distinto”
—¿Cómo compagina la escritura y su trabajo de enfermera? ¿Qué conexiones existen entre estas dos facetas de su vida?
—Escribo de forma compulsiva —sobre todo el primer borrador, la corrección ya es otro tema bien distinto—; si una idea me atrapa, ya no puedo soltarla. Aunque no siempre tengo el tiempo o la energía para escribir a diario, intento leer algo todos los días
En cuanto a la conexión comentada, una faceta retroalimenta a la otra. Tras más de veinte años trabajando como secretaria y administrativa, entre otros puestos, mi experiencia profesional anterior no se acerca ni de lejos a la intensidad de las situaciones extremas que pueden vivirse en un solo día en un servicio de urgencias.
A veces, la vida y la muerte están separadas únicamente por la delgada línea física de un box, y eso es algo que todos los sanitarios de esos servicios experimentan de continuo. En ocasiones, lo mejor y lo peor de la naturaleza humana se pasean frente a nuestros ojos por los pasillos del hospital. No siempre es fácil de gestionar. En estos casos la escritura es para mí una terapia, alejada de cualquier intencionalidad literaria. Escribir como necesidad para integrar lo vivido y poner orden al caos.
Schleich hizo sus prácticas como enfermera en el SAMU durante la pandemia.
—Hace unos meses, publicó su primera novela No se aceptan manuscritos. ¿Por qué ese título? ¿Podría explicarnos brevemente el argumento y el enfoque de la obra?
—El título No se aceptan manuscritos se debe a que suele ser el principal escollo con el que se topan muchísimos autores. La mayoría de las editoriales no admiten manuscritos no solicitados o, si lo hacen, el volumen de recepción es tal que las probabilidades de publicación son muy escasas.
Para no desvelar la trama, diría que es una obra literaria de ficción y, sobre todo, de humor, con personajes caricaturescos que se ven arrastrados por las pulsiones humanas universales —el amor, el sexo, la soberbia, la envidia o la traición—. Aunque el relato se construye dentro del marco de la ficción literaria y está lleno de guiños a grandes autores como Shakespeare, Cortázar, Juan Ramón Jiménez, Delibes o Millás, la enfermería y el lenguaje médico atraviesan la narración de principio a fin. No obstante, no es una obra sesuda, para nada, es de lectura muy sencilla y muy humorística, se lee sin esfuerzo, pero todos los elementos comentados están ahí.
—¿Qué peso tiene el mundo enfermero dentro del relato?
—La novela está protagonizada por una enfermera. Pese a que el inicio transcurre en un taller literario, el rasgo distintivo es que tanto sus emociones como las del resto de personajes se articulan frecuentemente mediante terminología médica. Esta peculiaridad se extiende a sus monólogos interiores y reflexiones personales. Pero reitero: no es necesario tener formación sanitaria para entender esos matices. La presencia de la enfermería se acentúa más en la última parte de la obra, pues el trabajo de la protagonista se desarrolla en la unidad de radiodiagnóstico y en la planta del hospital.
“Nunca he contemplado la opción de la autopublicación, porque confío en el criterio editorial tradicional”
—La obra se ha publicado en Editorial Berenice, un sello de considerable proyección que forma parte del grupo Almuzara. ¿Qué ha supuesto para usted estrenarse como autora en una editorial de esa envergadura?
—Es un gran orgullo para mí estar en la editorial Berenice, sello de Almuzara, cuyo director editorial es Javier Ortega, una persona tremendamente amable, cultísima y con una paciencia infinita —doy fe, porque el proceso final de corrección y pre-edición fue una colaboración conjunta. Una fase, por cierto, muy emocionante, ver las galeradas de tus propias palabras—. Por otro lado, formar parte del grupo Almuzara, cuyo jefe y fundador es Manuel Pimentel, es todo un privilegio.
Hay escritores que durante años llaman a la puerta de las editoriales para que les publiquen sus obras sin recibir respuesta y, por ello, recurren a publicaciones no tradicionales, entre ellas, la autopublicación encubierta —que se resume en «te dejo publicar en mi editorial, pero pagas tú los libros»—. O los micromecenazgos, es decir, les piden a los amigos y conocidos que subvencionen la edición de su obra.
Personalmente, nunca he contemplado la opción de la autopublicación, porque confío en el criterio editorial tradicional y porque no dispongo de los medios económicos para autofinanciarme una obra. Además, no es lo mismo que un libro sea publicado por una editorial consolidada que por una donde quede claro que el propio autor es también el editor.
—¿Cómo llegó a la editorial Almuzara?
—Porque gané un primer premio de relato. Y tuve la suerte de que un editor junior de Almuzara estuviera en el jurado, el cual me contactó para preguntarme si tenía algo más largo que un relato. Le envié No se aceptan manuscritos y me contestaron directamente desde la editorial para decirme que les había gustado mucho y que querían publicarme. La emoción que tuve al leer el mail de la editorial ese día no podría describirla ni en un universo paralelo. A lo mejor mis vecinos sí, por el grito que di.
—¿Tiene pensado seguir adelante con su carrera literaria? ¿Tiene algún proyecto entre manos?
—Sigo escribiendo, no con la fijación por publicar —creo que es un error escribir con ese objetivo—, pero sí por el placer de hacerlo. Aunque, por supuesto, estaría encantada si el resultado fuera potente como para ser de interés editorial. En este momento escribo una novela en la que la protagonista se mueve entre dos culturas, algo que he experimentado personalmente en mi familia. Mi abuelo era austriaco. Siento que se lo debo.
La enfermera ya está trabajando en su segunda novela.